Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2006.
Más de ruidos
El pasado 30 de marzo expuse en un post lo que me había ocurrido en relación a unos ruidos que producía el vecino de al lado. Como dije aquella historia de ruidos acabó con el acompañamiento que hice hasta el cementerio del ataúd de aque vecino… ¡o eso supuse yo!
Aquella noche me acosté pronto, quería disfrutar de la primera noche sin ruidos en mucho tiempo, pero a las seis de la mañana el clic-clic que ya tan bien conocía me despertó. Pero había una diferencia si antes me despertaba molesto y enfadado, ahora lo hacía aterrorizado. ¿Cómo era posible escucharlos de nuevo? Era como si mi vecino se hubiera enfadado conmigo y hubiera vuelto del más allá a ocuparse de esta especial venganza. Sí, ya sé que suena a locura, pero a esas horas y cuando la mente está, en cierta medida, dañada por una obsesión, les aseguro que no es raro pensar eso sino cosas peores. Me incorporé en la cama y el clic-clic sonaba claro y rotundo.
No quise comentar nada de aquello a nadie, no era bueno que el jefe de la oficina empezara a tener fama de que no andaba bien del coco, pero sí me fui a un pueblo cercano donde sabía que había una vidente a la que fui a consultar mi problema. Ella, tras echarme las cartas, me vino a decir lo que yo pensaba, el espíritu de mi vecino por alguna extraña razón no quería descansar definitivamente sin darme un poco la lata. Y me mandó una especie de ungüento para que, según ella, untando la pared de comunicación no dejara pasar aquellos ruidos provenientes de un espíritu tan inquieto. El único peso que me quité de encima tras esta consulta fue el de los 150 € que le tuve que darle por la entrevista y el ungüento. Lo di a las paredes con una espátula y aquello olía a perros muertos y me dispuse a dormir…hasta que a las 6 una vez los ruidos iniciaron su habitual concierto. Para colmo no podía devolver el ungüento porque la ladina de la vidente me advirtió que no aseguraba su funcionamiento si era un espíritu muy poderoso.
Así que todo siguió igual durante una semana, salvo mi ánimo que iba en franco declive. Un día, desesperado, en que me desperté poco antes de las seis me asomé a la ventana a tomar el aire y fue cuando vi que paró debajo de casa Gabino, el policía local del pueblo, aparcó el coche oficial y se dirigió a la casa de enfrente que era donde vivía Marcela la viuda, quien le esperaba asomada en la ventana. Al momento se corrieron las cortinas de las ventanas y empezó el clic-clic que ya conocía. A la media hora salía Gabino de nuevo hacia el coche, abotonándose y colocándose la pistola en su sitio. Y, entonces, lo entendí todo. A las 6 de la mañana terminaba la ronda de Gabino y todos los días venía a “consolar” a Marcela. El clic-clic que yo escuchaba no era de la casa de al lado sino el de la cama de Marcela que se agitaba por el tandem Gabino-Marcela.
Esa tarde me encontré con Gabino por la calle, y le comenté que alguien me había dicho que como viera detenerse su coche en mi calle otro día a las seis de la mañana, iba a sonar el teléfono de su casa y despertaría a su mujer. Su cara quedó lívida y me agradeció que lo avisara. Nunca más volví a escuchar aquel terrible clic-clic y desde entonces duermo como un bendito.
Virginia (1)
Aunque en mi primer post conté de manera resumida mi acceso a la Administración, la verdad es que fue un esfuerzo arduo el camino hasta llegar a tan siniestra oficina. Cuando terminé la carrera me decidí prepararme unas oposiciones, para ello me fui a Madrid y me apunté al Centro de Estudios Financieros, una academia de preparación de oposiciones de la que me habían hablado muy bien. Y en una de aquellas clases, mientras nuestra profesora, Elena, desglosaba los requisitos necesarios para la Incapacidad Temporal, fue cuando me fijé en Virginia. Estaba dos sillas más allá, era alta, delgada no tenía una cara guapa, digamos que "graciosa", y su cabeza estaba coronada por una melena rizada estratégicamente desarreglada. Tenía una pinta "jiposa", como decíamos en aquella época, vestía con vestidos extralargos, y eso me atraía. Eso fue lo que me hizo acercarme a ella y, desde entonces, sentarme a su lado, pero pronto me di cuenta que tenía dos cosas que me empezaron a atrapar el corazón de manera más fuerte. Una era su inteligencia, me seducía, sobre todo la habilidad lingüística que poseía y, como consecuencia, un sentido del humor muy fuera de lo común. Y lo otro que me sedujo, lo descubrí un día, por casualidad. Fue mientras Elena insistía en como se calculaba la base de cotización de la jubilación, yo con la cabeza agachada sobre el papel tomaba nota adecuada de todo lo que decía, pero de reojo, mirando al suelo vi el pie de Virginia. Se le asomaba un poco el puente del pie sobre el zapato y entonces vi, justo en ese punto, un lunar negro que me pareció tremendamente erótico. Desde entonces, cada vez que podía, mientras tomaba nota, no perdía de vista aquel lunar que convertía aquella toma de apuntes en algo más que animoso.
La amistad con Virginia fue creciendo, salíamos juntos de las clases y quedábamos muchas veces a estudiar. Ella era una verdadera experta en Gestión Financiera y fue la que me ayudó a comprender el manejo y las distintas fases de los documentos contables. Un día me sorprendí con su mano agarrada a la mía mientras caminábamos con nuestras carpetas por el parque del Retiro. Otro día que estaba sentado en un banco del Parque del Oeste lo que me encontré fue sus labios dentro de los míos. Y, "lo peor" fue cuando me vi, como si lo mirara desde fuera, aquel lunar del pie dentro de mi boca, mientras ella desnuda en la cama me miraba entre deseosa y divertida. Entonces me di cuenta que estaba haciendo las cosas, casi sin darme cuenta, sentí que aquel lunar pedicular me estaba hipnotizando y conduciéndome a extremos que nunca había previsto e imaginado. Entre tanto fueron los exámenes, las clases se suspendieron, para mi tranquilidad y me aislé en mi piso estudiando dieciocho horas diarias. El ´"último día" leímos el examen oral por la mañana, en un edificio cerca de la Glorieta de Santa Bárbara, y por la tarde, sobre las siete exponían, allí mismo, la lista de los aprobados. Era el culmen de todo el duro esfuerzo del año, por lo que aquellos que suspendían aquello, se pegaban el mayor de los batacazos. A las siete quedamos para ver el temido tablón y los dos temblábamos cogidos de la mano, mientras el conserje ponía la lista de aprobados en el tablón. ¡Habíamos aprobado!¡Ya éramos funcionarios! Dimos un salto de alegría y nuestros cuerpos se abrazaron.
No sé que me ocurrió en ese momento, ni siquiera hoy después de veinte años de transcurrido aquello me lo explico. Mientras sentía a Virginia entre mis brazos fue como si todo mi futuro apareciera ante mi vista: Nos darían un destino, nos casaríamos, tendríamos niños, una suegra malencarada, discusiones vespertinas.... Sé que es difícil entender esto, pero un sudor gélido me invadió todo el cuerpo. ¿Nos vamos a celebrarlo?, me dijo Virginia. Un momento que voy a ir al servicio, le contesté. Y mientras ella estaba despistaba, yo salí de allí, poniéndome a correr a toda velocidad, ante la cara de asombro de los paseantes, como si me estuviera persiguiendo una jauría de perros rabiosos y no paré hasta que me encontré en el Paseo de Recoletos. Nunca más vi a Virginia ni volví a saber que fue de ella.
Virginia (y 2)
Mi jefe me llamó con urgencia, diciéndome que al día siguiente vendría una inspección a mi oficina, pues querían revisar cómo se realizaban algunos de los procedimientos administrativos. Que él no podría acompañar al inspector pues tenía que ir a Madrid pero que tuviera cuidado y no metiera la pata, sobre todo que no le hiciera quedar mal.
Al día siguiente, estaba yo sentado en pura tensión ante mi mesa esperando que llegara el susodicho inspector, cuando a través de la puerta del despacho escuché unos tacones que se acercaban a la oficina. Alberto entró a avisarme que preguntaban por mí. Y cuando salí me encontré frente a mí una señora de buen ver, elegantemente vestida con un traje de chaqueta a medida, que me tendió la mano presentándose como Virginia Olmedo la inspectora.
Tuve que esforzarme para no desmayarme allí mismo y superar el nudo que se me formó en el estómago. ¡Era Virginia! Estaba muy cambiada, aparte de su elegancia en el vestir y su cuidado aspecto, sus rasgos ahora maduros conservaban aquella naturalidad de sus años jóvenes, aunque no me pasó desapercibido que las pecas de la cara habían desaparecido con un cuidado maquillaje. Ella no pareció reconocerme y yo, vistas las circunstancias de la última vez que nos vimos, preferí no decir nada. Pasamos a mi despacho y me estuvo preguntando muchas cosas referidas a los trabajos que desarrollamos, de lo que iba tomando nota en un ordenador portátil que traía. No me dio opción a tutearla y durante todo el tiempo me habló de usted, en un tono, incluso, seco que en algún momento me llevó a dudar que era aquella Virginia con la que tanto había compartido. El interrogatorio fue exhaustivo y me hizo traerle mucha de la documentación que tenía archivada y que examinó con lupa. A las tres de la tarde mis compañeros se fueron y yo seguí frente a ella, no sabiendo cuando iba a poder comer ese día. Olga fue la última que se marchó, y entonces ocurrió algo sorprendente, se desabotonó un botón de su camisa, con lo que no me pasó inadvertido al ver su escote que “quien tuvo retuvo”. Y levantándose, con un movimiento súbito y sorpresivo, me besó levemente los labios. Fue cuando rompió a reír. ¿Te creías que no te había reconocido?, me dijo. Cuando me dijeron que había que hacer una inspección en tu pueblo me ofrecí voluntaria, tenía ganas de verte después de tantos años. No supe que decir. ¿Tienes hambre? Hasta entonces me había pasado inadvertida una bolsa de plástico que traía y de la que sacó una pequeña tarta de chocolate. Como ves me sigo acordando de tus gustos- me sonrió mientras una mirada pícara encendía sus ojos. ¡Era mi tarta preferida!, la pusimos encima de la mesa y aunque ella no probó bocado, decía que estaba convaleciente de una gastroenteritis y tenía que seguir en ayunas, no quiso dejarme sin aquel regalo. Mientras comía aquel suculento manjar el ambiente se relajó y estuvimos hablando de nuestros viejos tiempos y de lo que había cambiado nuestra vida. Ella tras aprobar las oposiciones entró en el cuerpo de Inspectores y estaba continuamente viajando por España, se había divorciado hacía dos años, pero me indicó que ahora se sentía de maravillas. De pronto miró el reloj. Tengo que marcharme, que he quedado en la capital. Me pidió el número del móvil y dándome otro leve beso salió, atravesando la puerta, con un gracioso movimiento de trasero.
Me dediqué a guardar ordenadamente todas las carpetas que había tenido que sacar y organizar mis papeles para el día siguiente, cuando, de pronto, un retortijón en la barriga me hizo ir al retrete. Allí me vacié, sintiendo unos dolores bastante fuerte. Intenté levantarme varias veces, pero cada vez que lo intentaba, nuevos retortijones hacía que siguiera en aquel doloroso lugar. Al cabo de media hora cuando salí de los servicios con el cuerpo sumido en sudores fríos y las piernas temblorosas me acerqué a la mesa donde tenía el móvil: había recibido un mensaje con número oculto. Cuando lo abrí, me tuve que sentar para no caerme:
“La venganza es un plato que se saborea, mucho mejor, cuando se cocina muy lentamente ;-P – Virginia”.
Cambio de ubicación
Me he dado cuenta, en mis años de experiencia administrativa, que uno de los mayores traumas, que se le puede ocasionar a un funcionario, son los relacionados con el desplazamiento de su mesa de trabajo. Eso ocurrió en mi oficina que, como consecuencia de unas obras que, hubo que realizar para abrir una ventana y ganar en luz y ventilación hubo que cambiar de lugar las mesas de Eduardo y Olga. Pero, entonces, surgió un gran conflicto, una vez hecha la ventana los dos querían su mesa junto a ella. Olga insistía en que el aire le venía bien para la alergia. Eduardo proclamaba que su antigüedad era un mérito, a su favor, para elegir ubicación. Las mesas decidí dejarlas igual ese día, pero lo único que conseguí es atrasar el problema. Ni siquiera Olga que llegó vestida al día siguiente con un peculiar derroche de sensualidad convenció a Eduardo. Los ánimos se encresparon y dejaron de hablarse, hasta que estuve hablando individualmente con cada uno. Eduardo no cedió un ápice. Olga durante nuestra charla estuvo también cabezona, pero de pronto algo, no me dijo qué, le pasó por la cabeza, cambió de actitud y dijo que estaba de acuerdo. En ese mismo momento se colocó la mesa de Eduardo junto a la ventana y el ambiente se destensó.
Yo me sentía bien al ver, no sabía cómo, que todo el mundo estaba contento. Así transcurrieron varias semanas, hasta que un día Eduardo que estaba asomado por la ventana observando el paisaje, soltó un grito estentóreo. Pude ver cómo en ese momento una abeja le picó en la nariz, el empezó agitarse con exagerados movimientos, lo que hizo que tras esa otras coleguillas siguieran su ejemplo y Eduardo tuviera que salir corriendo, alejándose de aquella ventana. Con el debido cuidado pudimos observar que junto a la ventana se había colocado un enjambre de abejas. A Eduardo le dieron una baja médica por varios días y cuando vino a entregarla, con la cara aún hinchada, le dijo a Olga que si quería podía colocar su mesa junto a la ventana, que él pondría su mesa, a partir de ahora en el lado más alejado de la misma. Llamamos a un apicultor del pueblo que, debidamente protegido, se encargó de retirarlo. ¡Qué cosa más extraña que las abejas hayan colocado su enjambre junto a esta ventana! Es algo muy poco habitual- me comentó.
En cuanto se fue el apicultor con las abejas Olga colocó su mesa junto a la ventana, no me pasó inadvertida la socarrona sonrisa que iluminaba su rostro. La verdad es que estaba radiante, con la luz del sol que entraba acariciándole toda aquella piel, perennemente morena, que le dejaba al descubierto el reducido vestido que se había puesto ese día. Cuando nos marchábamos, Olga abrió su cajón y sacó un libro, en aquel momento se le cayó al suelo y a pesar de que, al agacharse, la vista de sus pechos oscilantes me imantó la mirada, tuve tiempo de ver el título del libro: “Manual del perfecto apicultor: Cría de abejas”. Con un movimiento de ilusionista el libro desapareció en el interior de su bolso. Yo me quedé inmóvil mientras se alejaba con esos vaivenes tan sinuosamente suyos. Sintiendo que la miraba, volvió su cara y me guiñó un ojo. Aún seguía yo con la cara de bobo puesta cuando lo único que quedó de Olga en aquel lugar fue el sonido de su taconeo.
Infección
Por un virus que ha infectado los ordenadores de la oficina no he podido actualizar el blog. Eso ha hecho que hayamos tenido la actividad casi paralizada, hoy sin ordenadores en la oficina no se puede hacer nada. Y en estas muchas horas de ocio y de presencia obligada cada uno lo ha dedicado a lo que ha podido:
-Olga con un estuche de maquillaje que se compró en las vacaciones de Semana Santa ha estado haciendo prácticas y cambiado su imagen tres o cuatro veces al día. A cada nuevo look pasaba por mi despacho para que le pusiera nota de 0 a 10. Debo decir que en tres ocasiones llegó al 9,5. Y es que no sé que le pasa pero cada vez está más atractiva, creo que en estos días le influye la tonalidad color toffee que se ha traído de las vacaciones en la costa.
-Alberto está eufórico y orgulloso porque en este tiempo ha logrado terminar un libro de 150 sudokus.
-Eduardo siguió confeccionando bandadas de pajaritas de papel con tal ensimismamiento que hasta el segundo día no se enteró que los ordenadores estaban estropeados. Cuando supo lo de la infección por virus, pidió permiso para salir al médico de cabecera. Luego me enteré que había ido a solicitar una vacuna no fuera a ser que se contagiara por la proximidad de su silla a uno de los ordenadores infectados.
Alta médica
Hoy, mientras trabajaba en mi despacho, pude escuchar la siguiente conversación entre Olga y un agricultor que suele venir todas las semanas a entregar el parte de confirmación de la baja médica:
-Hola Olga, te traigo el parte de confirmación y también el parte de alta médica.
-¿Ya estás recuperado?
-El médico me quería prolongar la baja, pero yo estoy harto de no hacer nada, he engordado ocho kilos y me estoy poniendo como un berraco. Total lo que tengo es un bulto en el huevo izquierdo que cuando hago cualquier esfuerzo se me pone la polla gordísima y tarda un montón en bajarse.
-¿Cómo?¿En serio?-preguntó Olga sorprendida.
-Lo que te he dicho, me ha dicho que lo observe y si sigue igual en seis meses me opera.
No me pasó desapercibido unos segundos de silencio antes de que Olga le dijera:
-¿Te apetece un café?
-Vale.
-¡Generoso! vuelvo dentro de un rato, me dijo.
Tardó más de una hora en volver. ¿Sería cosa mía o llegó acalorada y con una sonrisa de oreja a oreja?
